La fortaleza de Barbastro

La fortaleza de Barbastro

Un lugar donde respirar aire puro, donde el olor a romero y el sonido de las cascadas hacen que te sientas como si estuvieras en el cielo. Ponte las botas, coge un mapa y acompáñanos para visitar dos de los lugares más característicos de Alquézar: la ruta de las pasarelas y la colegiata-castillo de Santa María la Mayor. Texto y fotografías por Belén Sancho Ligorred.

La campana de la colegiata daba las diez. El sol todavía no calentaba y la suave brisa recorría mi cuerpo. Alquézar había amanecido hace horas, pero la actividad en la calle era prácticamente nula. Observaba mi alrededor, una estampa de casas color canela coronada por la colegiata de Santa María la Mayor en una de las partes más altas del pueblo.

Alquézar es conocido por haber sido en su pasado uno de los principales puntos de defensa de Barbastro ante los reinos cristianos. El propio nombre del pueblo significa fortaleza, cualidad que se ve reflejada en la robustez de sus muros y casas levantadas a lo largo de las diferentes calles. Unas calles empinadas y estrechas con  un suelo rocoso parecido al turrón de almendras.

En cualquier rincón de Alquézar se respira historia.

Recorriendo cada rincón de este pequeño pueblo se pueden observar las huellas del pasado a través de unos pasadizos que, según afirman algunos, a través de ellos se podía recorrer el pueblo sin tener que salir a la calle.

La ruta de las pasarelas de Alquézar

La belleza de la ruta de las pasarelas es uno de los motivos por los que decenas de turistas se acercan al pueblo. Comenzamos el recorrido desde la Plaza Mayor del pueblo y seguimos las flechas que nos indicaban el camino. Cuando íbamos a comenzar el recorrido, nuestro paso se vio interrumpido: “Prohibido el paso. Peligro por desprendimientos”. Al parecer, la zona de la colegiata se encontraba en obras de mejora y ahora no era demasiado seguro pasar. Parada frente al cartel, mi cabeza empezó a sopesar si de verdad merecía la pena arriesgarme. ¡Desde luego! Salté la cinta y continué mi camino.

De momento, no había peligro. Avanzados unos cuantos metros, nos encontramos con un cartel que nos impedía el paso para continuar la ruta. Esta vez debíamos hacer sonar una bocina para poder pasar y los trabajadores responderían con otro bocinazo. Pero al ser domingo, no había ninguno, así que seguimos tranquilamente.

Después de cruzar una pequeña pasarela de madera, el camino volvía a hacerse de piedras y algún que otro charco. La zona de debajo de la colegiata estaba llena de grandes pedruscos que parecían esperar que cayera sobre ellos. Ante mi torpeza, decidí bajar en una postura ‘ninja’ para no tentar a la suerte y lesionarme en mitad del recorrido. Más de un resbalón, algún que otro tropiezo y la tensión en los músculos que empezaban a notar el subibaja del terreno.

Ruta de las pasarelas Alquezar
Estrechez y humedad durante algunos tramos de la ruta.

Llegamos al lecho del Vero, una zona preciosa donde la vegetación y el río se fundían en uno. Ahí se encontraba la Cueva de Picamartillo, recogida y separada del camino de piedras por el agua cristalina del Vero. Había visto alguna que otra foto, pero cuando la tuve delante de mis propios ojos sentí la necesidad de sentarme y contemplar aquello. Mi cuerpo me pedía no moverme de allí por la paz que transmitía aquel lugar, pero teníamos que continuar el camino.

Dejamos, por fin, el camino de piedras y barro para empezar a cruzar por las pasarelas. Se encontraban ancladas a las paredes fuertes y robustas de la montaña a unos cuantos metros del suelo y por donde se podía contemplar las vistas del río Vero. La brisa, el sol y el sonido del agua allá arriba era una estampa todavía más espectacular. Pero, sin duda, mi cuerpo se paralizó al ver la cascada del Barranco de la fuente. El agua caía con fuerza para reconciliarse con la corriente llena de espuma.

A pesar de estar en diciembre, mi cuerpo se iba empapando de sudor por tal caminata, pero todavía nos quedaba un largo camino. Conforme íbamos avanzando, dejábamos de lado el río Vero que seguía su camino y nos encontrábamos rodeados de un paraje seco con el cultivo del olivo como gran protagonista del último tramo de la ruta. El cansancio empezaba a hacer mella en mí y el sol daba un calor extra, como se podía comprobar en mis pómulos.

Los olivos empezaban a perderse en el camino y, poco a poco, se empezaba a ver la homogeneidad color canela del pueblo.

La campana de la colegiata no sonó

Todavía con el sudor recorriendo mi cuerpo después de haber hecho la ruta de las pasarelas, me dirigí hacia la colegiata de Alquézar. Solo nos separaban decenas de escalones, pero mis pies los subían como si de clavos se tratara. Mi siguiente objetivo era encontrar el fantasma.

Como buen pueblo, Alquézar también tiene su leyenda y ha ido pasando de generación en generación. La historia cuenta que un abad vivía en la colegiata y murió. Desde entonces, la campana de la colegiata sonaba como un gran estruendo y nadie veía quién la tocaba. Algunos dicen que es el espíritu del religioso quien la hacía sonar. Cada vez que se escuchaba la campana hacía presagiar algún mal suceso o la muerte de algún pecador. Pocos dicen haberla escuchado, pero lo cierto es que nadie se atreve a hacerla sonar.

Ya dentro del castillo, diferente totalmente al que se construyó en un primer momento por los musulmanes, recorrí las estancias. Pequeño, acogedor y de color canela acorde a las casas del pueblo. Para poder acceder a la colegiata se sube a través de unas escaleras de madera estrechas próximas a un gran hueco donde se ve colgar la famosa campana ‘encantada’.

Por más que busqué en este pequeño lugar, no había ni rastro del supuesto fantasma. La campana solo sonó para dar las horas, una tranquilidad para todos los turistas que estábamos allí pasando el día.

Tierra de turismo

Castillo de Alquézar
El pequeño claustro del castillo de Alquézar tiene una magia especial.

Pueblos como Alquézar tienen la gran suerte de atraer a miles de turistas cada año por su gran belleza. Para muestra, un botón. Todos los restaurantes del pueblo estaban reservados y llenos hasta la bandera. Fue imposible comer allí. El destino atrae sobre todo a los amantes del senderismo y los deportes de riesgo por su localización en el Parque Natural de la Sierra de Guara.

Desde el primer momento que pisé Alquézar tenía la curiosidad de hablar con gente que viviera ahí a diario. Una tarea difícil porque mí alrededor estaba lleno de personas con mapas como yo. Paseando encontré a dos ancianos hablando tranquilamente. Ambos eran del pueblo, aunque uno de ellos me aseguraba que había estado treinta años fuera por motivos de trabajo. En sus palabras, anhelaba un pasado donde visitó decenas de ciudades de distintas partes del mundo. Así me lo demostraba sacando de su bolsillo izquierdo un álbum pequeño con fotos de su juventud.

Los habitantes de Alquézar han ido variando conforme han pasado los años. Hoy, el pueblo cuenta con 300 habitantes, pero de esos trescientos hay personas que solo pasan algunas épocas del año. Lo único cierto, es que algo tendrá Alquézar para que todo aquel que lo visite, quiera volver.

Más fotos de escapadas por Aragón en Flickr

Belén Sancho Ligorred

Licenciada en Periodismo. Estoy especializada en Marketing Online y en Innovación de Contenidos Digitales. Soy una apasionada de la fotografía, del deporte y de la comunicación. Siempre aprendiendo y en busca de nuevos retos.

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