Cuando el tiempo se paró ante tus ojos

Cuando el tiempo se paró ante tus ojos

Te levantas a la misma hora como cada día. Ese maldito despertador no tiene consideración con la mala noche que has pasado. Te vistes con tu ropa y tu mal humor, mientras el aroma a café te va despertando. Piensas en todo lo que tienes que hacer durante el día y sientes esa pequeña presión en el pecho. Miras el reloj, es la hora. Mochila, cartera y rumbo a la ciudad. No hay tiempo para agobios.

Carrerita en tacones para llegar a la estación. Siempre vas con tiempo, pero te encanta batir tus propias marcas. Al cruzar la línea de meta no hay nadie para aplaudir, pero sí recibes un periódico gratuito que te devuelve a la realidad. El tren va con retraso, como siempre. No es una sorpresa, por eso te has acostumbrado a llegar antes de que te esperen.

Conseguir asiento en el tren es como ver una estrella fugaz, ocurre poco. Pese a las comodidades que tiene ir en coche, el transporte público te encanta. Ver caras tan diferentes, actitudes y ropas, así como escuchar un sinfín de historias que no sabes cómo acabarán. La música empieza a sonar en tus cascos mientras observas la gente que va subiendo en cada parada. Algunos parecen cansados, otros temerosos.

Anuncian tu parada, es el momento de volver a conectarse. Te encanta lo que haces, pero agradeces que sea el último día de la semana. Horas después revisas el móvil, es increíble cómo ha pasado tan rápido el tiempo hoy. Sin embargo, no es un día más. Al parecer va a ser el último en mucho tiempo que pises ese lugar y tantos otros. No entiendes la dimensión del problema, pero acatas las órdenes y pones rumbo a casa como cada día.

Durante el camino te surgen mil preguntas a las que nadie puede dar respuesta. Mamá no tarda en llamarte, pero sabes que tampoco puede resolver tus dudas, aunque sí consigue calmarte. Quieres ir a casa, pero sabes que no puedes. Eso te mata lentamente. Decides esperar, la cosa no puede tardar tanto en solucionarse.

En casa no falta el trabajo, eso te mantiene activa. Tratas de continuar con tu rutina de ejercicio, pero no es lo mismo. Nada es lo mismo. Observas por la ventana cómo la vida continúa ahí fuera mientras tú sientes que se ha parado. Pasan los días, las semanas, pero solo lo notas por las aspas que marcas en tu calendario. Vas tachando los días como si fuera a reducir tu condena, pero sin un horizonte que te permita mantener la esperanza para ser libre.

Llega tu día, ese que solo se celebra una vez al año. Nunca pensabas que te tocaría a ti. No es como lo habías imaginado, pero tienes el mejor regalo: salud, el bien más preciado. Recibes llamadas y mensajes que consiguen sacarte la mayor de las sonrisas. Quizás no volverías a repetirlo, pero ha sido mejor de lo esperado. Terminas el día mirando al techo y pensando en todas y cada una de esas personas. ¿Cuándo volverás a verlas? De nuevo se hace el silencio, nadie responde.

Poco a poco ves como todo el mundo va retomando esa nueva normalidad. Sin embargo, cada vez que sales te sientes pequeña. Sientes que nada es igual y una sensación de que has dado un giro de 180 grados sin moverte de casa durante meses. Solo quieres recuperar tu rutina, esa que antes te agobiaba. ¿Masoquismo? Quizás, pero al menos te hacía sentir viva. Ahora sientes que todo avanza y tú pareces haberte quedado atrás cogiendo impulso. Ya no tiene importancia pensar en el mañana, porque lo único que quieres es vivir hoy.

Texto y fotografía por Belén Sancho Ligorred.

Belén Sancho Ligorred

Licenciada en Periodismo. Estoy especializada en Marketing Online y en Innovación de Contenidos Digitales. Soy una apasionada de la fotografía, del deporte y de la comunicación. Siempre aprendiendo y en busca de nuevos retos.

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